dijous, 1 de setembre de 2016

Últimes tardes d'estiu

 

Foto d'Oriol Maspons


Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado. Está vacío el tablado donde poco antes la orquesta interpretaba melodías solicitadas, el piano cubierto con la funda amarilla, las luces apagadas y las sillas plegables apiladas sobre la acera. En la calle queda la desolación que sucede a las verbenas celebradas en garajes o en terrados: otro quehacer, otros tráfagos cotidianos y puntales, el miserable trato de las manos con el hierro y la madera y el ladrillo reaparece y acecha en portales y ventanas, agazapado en espera del amanecer.

El melancólico embustero, el tenebroso hijo del barrio que en verano ronda la aventura tentadora, el perdidamente enamorado acompañante de la bella desconocida todavía no lo sabe, todavía el verano es un verde archipiélago. Cuelgan las brillantes espirales de las serpentinas desde balcones y faroles cuya luz amarillenta, más indiferente aún que las estrellas, cae en polvo extenuado sobre la gruesa alfombra de confeti que ha puesto la calle como un paisaje nevado. Una ligera brisa estremece el techo de papelitos y le arranca un rumor fresco de cañaveral.

La solitaria pareja es extraña al paisaje como su manera de vestir lo es entre sí: el joven (pantalón tejano, zapatillas de basquet, niki negro con una arrogante rosa de los vientos estampada en el pecho) rodea con el brazo la cintura de la elegante muchacha (vestido rosa de falda acampanada, finos zapatos de tacón alto, los hombros desnudos y la melena rubia y lacia) que apoya la cabeza en su hombro mientras se alejan despacio, pisando con indolencia la blanca espuma que cubre la calle, en dirección a un pálido fulgor que asoma en la próxima esquina: un coche sport. Hay en el caminar de la pareja el ritual solemne de las ceremonias nupciales, esa lentitud ideal que nos es dado gozar en sueños. Se miran a los ojos. Están llegando al automóvil, un “Floride” blanco. Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano. Sorprendida, la joven pareja se suelta riendo y se cubre los ojos con las manos. El remolino de confeti zumba bajo sus pies con renovado ímpetu, despliega sus alas níveas y les envuelve por completo, ocultándoles durante unos segundos: entonces ellos se buscan tanteando el vacío como en el juego de la gallina ciega, ríen, se llaman, se abrazan, se sueltan y finalmente se quedan esperando que esa confusión acabe, en una actitud hierática, dándose mutuamente la espalda, perdidos por un instante, extraviados en medio de la nube de copos blancos que gira en torno a ellos como un torbellino.

Juan Marsé. Últimas tardes con Teresa. 1966.


Recordant a Marsé al final d'aquestes vacances d'estiu del 2016. Dues tardes d'agost vaig pujar al Carmel per cuidar d'en Silver, el gat d'uns amics que hi viuen i havien marxat uns dies a l'estranger.
I un altre dia d'agost també vaig tornar al Carmel, aquesta vegada convidat a un dinar familiar. Va ser a un pis amb unes vistes privilegiades, en un bloc de pisos sobre un terreny esglaonat a la muntanya que, fa pocs anys, ocupava només un hort i una caseta. La caseta de l'hort on hi havíem celebrat un parell de festes amb els amics quan estudiavem a la universitat. Bons records que m'omplen d'alegria i malenconia, de confeti i serpentines.

[Torontoràdio: Los cinco latinos: Dímelo en Septiembre]

4 comentaris:

Enric H. March ha dit...

M'has provocat una certa melangia. El final de les vacances, les tardes de lectura, les passejades literàries, els turons per on s'enfila la ciutat, el laberint urbà i cultural, el Delicias, els amors impossibles, les festes, els horts desapareguts... La constatació que la sorra de la platja s'escola entre els dits.

Toronto ha dit...

Però no ens deixarem vèncer, Enric! Amb unes canyes i unes tapes del Delicias (que encara aguanta allà dalt), segur que tot es veu diferent, molt millor!

Insonrible ha dit...

A pesar de no haber conocido el Carmel hasta mi adolescencia, fijado está en mi memoria emocional gracias a "Últimas tardes con Teresa".
Bueno, eso y las visitas a la casa de nuestra amiga en común.

Toronto ha dit...

Pues viniendo yo tambíen de fuera de Barcelona, Insonrible, me pareció que el pijoaparte de pueblo también exisistió, sobre todo en la Costa Brava de los años 60-70, entre veraneantes guiris y famílias bien de Barcelona. Igual ahí está parte de la grandeza de la novela de Marsé, de lo local del Carmelo a cualquier sitio.